Leyendas del Lago de Montcortès

Valores culturales - Literatura

Uno de los humedales en los que Gemosclera realiza algunas de sus actividades es el lago de Montcortès, en la provincia de Lleida, como es habitual cuenta con varias leyendas populares...

La más antigüa es una que intenta esclarecer el origen del lago y que guarda bastantes similitudes con la que ya os hemos contado sobre el lago de Sanabria. Cuentan que en el fondo del lago hay una ciudad, que se llamaba Pallars, era grande, rica y populosa, y la capital de todo el Pallars, por esta ciudad un día pasó Jesucristo vestido de mendigo, y como nadie le ofreció comida, la ciudad fue tragada por las aguas. Cuenta también que un campesino de la población se fue a trabajar al campo y al volver se encontró que en lugar de la ciudad había un gran lago, desesperado, sin saber qué hacer, se precipitó a su fondo. Según este relato, se cree que en el fondo de sus aguas todavía se pueden ver los edificios y palacios de la ciudad de Pallars. Se dice que en la noche de San Juan aún se pueden oír las voces de los pallareses ahogados en sus fondos.

Otra leyenda cuenta que la ciudad que está en el fondo del lago de Montcortés se llamaba Cabestany o Cap-Estany y que como la anterior, también era rica y populosa. Un día una persona que vivía en Cabestany se negó a entregar un pedacito de pan a Jesucristo que pasaba por allí, como castigo la ciudad quedó sumergida bajo las aguas. Aunque hemos encontrado otra leyenda parecida que cuenta que la ciudad fue castigada porque sus habitantes estaban aliados con los moros en la época de las luchas de los cristianos con los infieles. Pero en cualquiera de las dos versiones en la noche de San Juan, en el Lago de Moncortés, se oyen voces extrañas y se puede ver a una misteriosa mujer con una artesa en la cabeza que recorre la orilla...

Hay otra leyenda sobre tres calaveras que se conservan en una urna de madera que hay en la iglesia de Peramea. Según cuentan corresponden a una madre y dos niños inocentes martirizados por Herodes que trajo de Tierra Santa uno de los condes de Pallars después de sobrevivir a una cruzada. Según la tradición pallaresa eran propiedad del pueblo de Peracalç. Antigüamente, en años de sequía, las llevaban en solemne procesión al estany de Montcortés, donde las metían en el agua. Estas procesiones llegaron a tener cierta tal importancia que en algún momento necesitaron del apoyo de 17 sacerdotes. Sin embargo, un año de sequía, las reliquias fueron llevadas en procesión al lago para implorar al cielo que les diera agua, a la hora de comer, los de Peracalç comprobaron que habían olvidado el vinagre para la ensalada y los de Peramea les propusieron un canje que los de Peracalç aceptaron, cambiando las reliquias por un porrón de vinagre. Actualmente, cada 28 de diciembre, el sacerdote de Peramea abre la urna para que los fieles puedan adorar las reliquias.

La leyenda más conocida es, sin embargo, la que hace referencia al conde de Pallars y a una promesa incumplida a la Virgen de Gerri. Se cuenta que en una jornada de caza, este noble, persiguiendo a una presa, se metió en el lago helado, el hielo se partió y al borde de la muerte, el conde invocó a la Mare de Déu de Gerri, prometiéndole unas tierras si le salvaba. El conde se salvó pero olvidó la promesa, en castigo de lo cual quedó ciego, no recuperó la vista hasta que fue al Monasterio de Gerri a solicitar el perdón de la Virgen y le donó sus mejores tierras, el conde inmediatamente recuperó la vista. El milagro que se cuenta en esta leyenda es el más conocido de los atribuidos a Nuestra Señora de Gerri, cuya imagen románica se venera en el monasterio de Gerri de la Sal, en su momento la abadía más importante del Pallars. En un camarín del monasterio fue pintado al fresco el milagro del conde de Pallars.

Atentamente,
Gemosclera. Asociación Cultural para la Difusión del Conocimiento de los Humedales y su Conservación